Un buen momento para reflexionar sobre la profesión de los maestros es cuando hay tranquilidad para enfrentar los problemas con cabeza fría.

Más allá de la política educativa, la financiación y la organización sindical, que seguramente estuvieron presentes la semana pasada en la XX Asamblea General de Fecode, es indispensable avanzar en otras cuestiones más ligadas con la naturaleza de la formación y el ejercicio profesional de los educadores.

Los cambios sociales ocurridos en el último cuarto de siglo son enormes.

La manifestación más evidente es la omnipresencia de la tecnología, convertida en un apéndice de nuestro cuerpo: dispositivos que llevamos prendidos para hablar por teléfono, enviar mensajes, controlar situaciones, hacer fotografías y videos, grabar conversaciones, hacer compras, monitorear los latidos del corazón…

Niños, maestros y familias funcionan con estos artefactos y crean sus propios grupos de WhatsApp.

Las mamás de los niños se cuentan chismes, amplifican descontentos y organizan reuniones.

Los maestros comparten inquietudes y programan actividades, y los chicos viven sus vidas en las redes sociales más que en los patios de recreo.

Si hay cibermatoneo, si los adolescentes se envían fotografías desnudos, si entre los padres surge un malestar con un profesor, los directivos del colegio deben responder, como si fueran responsables de lo que ocurre en todo el universo virtual.

No se puede esperar que los estudiantes compartan la misma religión, los mismos valores, los mismos hábitos alimentarios o las mismas preferencias sexuales.

EL DÍLEMA DE SER MAESTRO EN EL SIGLO XXI

Pero, además de la irrupción de las tecnologías también hay cambios profundos en la estructura de la familia, y no se puede esperar que todos los estudiantes compartan la misma religión, los mismos valores, los mismos hábitos alimentarios o las mismas preferencias sexuales.

Las fronteras entre lo bueno y lo malo se han difuminado.

La influencia del cine, la televisión y la cultura del espectáculo, unida a la inagotable disponibilidad de información en la red informática, complica cada vez más la labor de los maestros, que no saben cómo motivar a sus estudiantes para que sigan mínimas normas de urbanidad o se interesen por la lectura y las demás prescripciones curriculares.

Cuando se habla con jóvenes, incluso los que van a la universidad, pareciera que los invade el aburrimiento.

Más allá de los salarios, la infraestructura y la financiación, estos son los asuntos que están haciendo mella en la cotidianidad de los maestros, que hoy se encuentran en una encrucijada: de una parte, son los responsables de transmitir la cultura de cara al pasado, y, de otra, deben anticipar el futuro en medio de una confusión de valores que cuestiona su propia identidad.

En un trabajo sobre la salud mental de los educadores, publicado en la revista de la OEI, Francisco A. Fernández señala que “la función propia del docente impone una vida no solo sacrificada, sino amenazada seriamente por riesgos para la salud mental.

La acumulación de factores psicosociales negativos o desfavorables convierte la docencia en una categoría socioprofesional de riesgo para la salud.

Entre los tres pilares básicos en el modo de vivir la ocupación laboral, que son el reconocimiento de los demás, la retribución económica y la satisfacción personal, los dos primeros suelen tener un rotundo signo negativo en la ocupación docente”.

Ser maestro de verdad, de manera íntegra, profesional y responsable, es cada día más difícil y requiere mayor preparación.

Sin embargo, no se acaba de saber si es cuestión de hacer posgrados y adquirir muchos títulos o si la clave de su formación está en la naturaleza misma de su misión.

EL DÍLEMA DE SER MAESTRO EN EL SIGLO XXI

Estas, tal vez, son las preguntas relevantes en un momento en el que hay más y más voces que cuestionan la escuela como la conocemos.

Si los maestros no se ocupan de la cultura, si ellos no son formados como los más cultos, entonces su oficio está más amenazado que nunca.

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